El rescate español es un rescate de los bancos europeos

Santiago González Vallejo

Economista. Ligado a diferentes asociaciones y plataformas. Cofundador del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe. Ha trabajado en USO en acción sindical y en la Secretaría de Acción Internacional y Desarrollo Sostenible. Cree que un problema democrático es la falta de redistribución económica.

16 diciembre 2012

Que Barclays haya sido multado por alterar el valor del líbor (y del Euribor) forma parte de los hurtos de cuello blanco. Y forma parte de la trayectoria del sector la colusión entre las agencias de *rating* y los grandes bancos.

Lo mismo que los engaños de los directivos de Lehman Brothers para maquillar las cifras del déficit griego y así lograr que se incorporase Grecia al euro, llevándose de paso millones de euros en comisiones.

Pero todo eso es un magro consuelo de lo que se nos cae encima a los españolitos por el error económico de compraventa de suelo, de urbanizar los campos y sembrar edificios vacios cada vez a un mayor precio, prestado desde el exterior a nuestro sistema financiero, endeudándose en un volumen desaforado, a corto plazo.

Los bancos y cajas creían que su gran inversión crediticia se recuperaría a largo plazo. Pero tras el cambio de coyuntura, de nada ha valido la intención de renegociar periódicamente un principal en disminución -porque se ha ido pagando en estos años de crisis-, y se ha pasado, en una cantidad relevante, de ser prestamista de créditos hipotecarios a poseedor del bien hipotecado, pero con una caída de precio de los activos apalancados y a la pérdida patrimonial, cuando no, a sufrir más la morosidad de los clientes.

El rescate financiero propuesto consiste en que se facilita una renegociación de esos créditos privados (de las cajas y bancos españoles) con vencimientos a corto, para alargar en el tiempo su devolución. Como los bancos acreedores de esa deuda privada son europeos, alemanes y franceses y en menor medida de otros países, se les está dando garantía de devolución del principal (a corto) y de que, en todo caso, se pagarán esos créditos a largo plazo.

Existen dos problemas.

UNO. Que esos malditos ‘activos’ se rentabilicen (obtención de rentas) y/o se liquiden. Que haya una rotación de la deuda en el tiempo para que se digieran por parte de los consumidores esos millones de hipotecas todavía vivas, gracias a su capacidad de pago (sobre la base del resto de la economía productiva). Es a eso a lo que llaman desapalancar una economía cebada a base de créditos exteriores. Es una cuestión de acoplar ritmos de pagos y generación de riqueza en otros sectores no inmobiliarios. Y en función de los plazos, si el resto de la economía tiene un ritmo de crecimiento mayor o igual al necesario fijado en el desapalancamiento, mejorará la capacidad de expansión económica. Si lo hace a un ritmo menor, habrá un empobrecimiento relativo. Por los tipos anunciados a los que los bancos deben pagar sus créditos nuevos sus accionistas perderán valor de sus inversiones. Pero, también, parece que será difícil que el crédito ‘normal’ llegue a las empresas y particulares con fluidez y a bajo interés, haciendo difícil la recuperación económica.

DOS. Parece que las condiciones del rescate (garantizar a los bancos europeos el cobro de sus deudas -si bien también ellos cebaron la máquina especulativa y fueron corresponsables-, y que el resto de los contribuyentes europeos no se excedan en su generosidad, remunerada) tiene como objetivo, no que España digiera el empacho del ladrillo, sino garantizar el cobro mediante una reducción del tamaño del Estado que libere los recursos de pago de la deuda, porque el pacto de estabilidad sigue existiendo. Existen otros factores negativos para la mejora de la economía española: la Constitución Europea restringe la capacidad de intervención del Banco Central Europeo, tal y como fue concebido a resultas de la cultura neoliberal y alemana, y no puede prestar directamente a los Estados a un menor coste; que no existe, además, la intención de potenciar unos presupuestos europeos ambiciosos que cubran los shocks asimétricos; y que no hay posibilidad de armonización fiscal progresiva y es dudoso que se traduzca en norma práctica, a corto plazo, un impuesto supranacional como el de transacciones financieras.

Puede haber ahora, después de comprobar el desaguisado del euro, un remedo de Ministerio de Economía Europeo. Lo que no está previsto es la mejora en la redistribución de la renta y el sufragar y comunitarizar los costes asimétricos de la construcción europea, ni los errores de cada país, aunque hayan alimentado las rentas de otros. Lo que se ha dicho claro es que cada país aguante su vela. Los griegos ya están en plena galerna, sin amparo. A otros, si el turismo, las exportaciones y demás no lo solucionan, ‘Europa’ no les da otra alternativa.

Y lo que no es razonable, no se puede admitir. De ahí la protesta.

 

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