El trabajo decente para una vida digna

Santiago González Vallejo

Economista. Ligado a diferentes asociaciones y plataformas. Cofundador del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe. Ha trabajado en USO en acción sindical y en la Secretaría de Acción Internacional y Desarrollo Sostenible. Cree que un problema democrático es la falta de redistribución económica.

26 febrero 2015

El trabajo digno es el que garantiza un proceso de globalización más justo, porque impone la necesidad de avanzar hacia un nuevo Contrato Social Mundial que garantice su universalización, basado en el respeto al trabajo humano y a todos los valores inherentes a él: la libertad, la solidaridad, la democracia, la educación, la paz o la justicia social

El concepto de trabajo decente fue acuñado por la Organización Internacional del Trabajo en 1999 a través de su entonces secretario general, el chileno Juan Somavía.

El trabajo decente, una traducción imperfecta de la expresión inglesa decent work, y que los latinos hubiéramos preferido que se trasladase como ´trabajo digno´, es el punto de convergencia de cuatro objetivos estratégicos: el cumplimiento de los derechos fundamentales en el trabajo, el empleo, la protección social y el diálogo social.

En un mundo globalizado, donde hay libertad de movimientos de mercancías y de capitales, se ha debilitado la capacidad de regulación que tenían los Estados para consolidar derechos, garantías y prestaciones. Esa debilidad se ha visto alentada por la forma de construirse espacios económicos, con limitados capítulos sociales. La desregulación que ha habido en estas últimas décadas ha impuesto otras normas o la ausencia de ellas. El Estado de Bienestar europeo se tambalea, mientras hay millones de personas, en el mundo, que no tienen más de dos dólares al día para sobrevivir.

Las estructuras económicas y sociales existentes forjadas durante años cambian y se reforman, pero casi nunca a favor de los trabajadores. Así confluyen fenómenos simultáneos, como los de deslocalización, el abandono de tareas productivas „que incluso pueden provocar el abandono y desertización de áreas geográficas„, la elaboración de nuevos productos o servicios o las invenciones e innovaciones que trastocan todo el tejido productivo. Mientras los cambios se suceden, el ´sistema´ apenas provee colchones de prestaciones para lograr una transición con un coste social menor.

Pero otra característica de esta etapa que estamos viviendo es el incremento de la desigualdad, que se hace cada vez más agobiante. El profesor francés Thomas Piketty, en su libro El Capital en el siglo XXI, ha hecho un estudio de la evolución de esa desigualdad durante los años de lo que podemos denominar el capitalismo moderno. Como cada vez más, el 1% de la población más rica absorbe más parte del crecimiento de la renta. El 20% de la población con mayores ingresos multiplican por 6,3 lo que percibe el 20% más pobre.

Hay numerosos estudiosos que señalan que las causas de agravamiento de la crisis, si no su fundamento, se encuentran en la financiarización de la economía, con un desplazamiento de sectores productivos y grandes empresas a favor de unos, en contra de otros; el desigual reparto del crecimiento de la productividad entre beneficios del capital y de los salarios, con una reducción del porcentaje que tienen éstos en la renta nacional; una desfiscalización de las rentas del capital y grandes fortunas, quitando progresividad en los sistemas fiscales, por mor de la competitividad fiscal entre los Estados, agravada por la existencia permitida de paraísos fiscales.

Vivimos en un solo mundo. Lo que ocurre en la parte más alejada del planeta nos afecta, antes o después. De la mejora del nivel de vida de la última aldea de China o de África depende de cómo será nuestro futuro en pocos años. Estamos en un mundo interconectado, donde los estímulos al consumo, la huida de la pobreza, la búsqueda de nuevas oportunidades incentivan los movimientos migratorios.

Por eso hay que defender los derechos fundamentales del trabajo, la libertad de asociación sindical y la negociación colectiva. Incluso el derecho de huelga, como último recurso de los trabajadores, en donde con su sacrificio, avalan sus reivindicaciones. Este derecho está siendo cuestionado no sólo en países dictatoriales; ya lo está siendo por las patronales en la OIT, boicoteando éstas la Comisión de Aplicación de Normas que vigila el cumplimiento de las normas mínimas de trabajo digno en el conjunto de los países.

Pero hay más peligros de desregulación favorecidos por las élites de los países ricos. Por ejemplo, se habla de un posible Tratado Internacional de Libre Comercio entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Pero poco se habla de que Estados Unidos sólo ha ratificado dos de los ocho Convenios Fundamentales de la OIT. ¿Cómo se puede hablar de comercio libre sin igualdad normativa entre las partes? Hay que pedir que esos tratados comerciales incidan en elevar normas, no en quitarlas en aquellos lugares con estándares sociales y productivos mejores. La competitividad no se consigue por la pérdida de normas o prestaciones sociales porque iríamos a un mundo peor y donde el trabajador pobre, aquel que aun trabajando no obtiene rentas para vivir dignamente él y su familia, sería el resultado de la desregulación forzada por esa dinámica de reducir costes.

Aquí vuelve otra vez la reivindicación del trabajo digno. Es el que garantiza un proceso de globalización más justo, porque impone la necesidad de avanzar hacia un nuevo Contrato Social Mundial que garantice su universalización, basado en el respeto al trabajo humano y a todos los valores inherentes a él: la libertad, la solidaridad, la democracia, la educación, la paz o la justicia social. Tal y como establece la OIT, «el trabajo decente significa contar con oportunidades de un trabajo que sea productivo y que produzca un ingreso digno, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para las familias, mejores perspectivas de desarrollo personal e integración a la sociedad, libertad para que la gente exprese sus opiniones, organización y participación en las decisiones que afectan a su vida e igualdad de oportunidad y trato para todas las mujeres y los hombres».

La ciudadanía de los países debe de estar vigilante y tiene que ejercer presión para modificar ese estado lamentable de cosas antes mencionadas porque su bienestar depende de que el bienestar sea universal o no será. Y el trabajo para conseguirlo es tarea de todos y todas en cada lugar donde estemos.

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