«Frente al trabajo forzado, esclavo y precario, el trabajo digno para una vida digna»

Santiago González Vallejo

Economista. Ligado a diferentes asociaciones y plataformas. Cofundador del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe. Ha trabajado en USO en acción sindical y en la Secretaría de Acción Internacional y Desarrollo Sostenible. Cree que un problema democrático es la falta de redistribución económica.

1 octubre 2008

El concepto de «trabajo digno» o «trabajo decente»  (de su traducción literal inglesa, decent work) fue anunciado por primera vez por Juan Somavía, director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 1999.

Este concepto afortunado quiere sintetizar algo más de que el trabajo tenga una remuneración apropiada, contraria a la de trabajador pobre, que trabaja, pero sus ingresos no le permiten salir de esa condición. Además, y de manera relevante, significa que el trabajo debe realizarse en un marco de libertad, igualdad (sin discriminaciones por razones de género, raza, origen…), seguridad (seguridad social, desempleo, cobertura de accidentes…) y dignidad humana.

Frente a una globalización neoliberal desregulada y que conduce a una crisis del capitalismo cuya magnitud aún no se avista, los trabajadores tienen que dar una respuesta. El trabajo digno es la réplica al deterioro de los derechos de los trabajadores, tanto económicos (hay una reducción de los salarios en el conjunto de las rentas nacionales), como sociales tras una dinámica de desregulación, competitividad a la baja en normas sociales como acicate para atraer inversiones.

Esta reivindicación constituye el eje de la Confederación Sindical Internacional, que une a 311 sindicatos de 155 países y cuenta con 168 millones de trabajadores y trabajadoras afiliados. Se ha puesto una fecha, el 7 de octubre, para facilitar la puesta en común y visualizar internacionalmente cuál es la «agenda» de las personas que tienen el trabajo como fuente de ingresos. En todas partes se hará una campaña unitaria para lograr que la agenda social, económica y política gire sobre el trabajo digno. Prioridad de los «de abajo» para mejorar este mundo y combatir y superar la pobreza y las injusticias.

Recientemente, en el III Foro Social Mundial de las Migraciones, hubo bastantes debates sobre la relación migrantes-sindicatos y cómo fortalecerlas y divulgar el significado y lucha por un trabajo digno. En este sentido se señalaron elementos relevantes como la necesidad de unir esfuerzos entre las ONG (sean o no específicas de trabajadores migrantes) y los sindicatos; o la constatación de que los sindicatos pueden tener un problema para cumplir su misión (ser el organismo organizado de los trabajadores) si no logran acceder a los trabajadores vulnerables, incluyendo a los irregulares.

Asimismo, hubo coincidencia en que los migrantes y sus organizaciones tienen que «entrar» en los sindicatos de clase que, por definición, son de los trabajadores, por encima de las fronteras. El problema que asomó fue que puede existir un círculo vicioso en el que los sindicatos se centren en sus actuales afiliados y los trabajadores con más derechos y que no consideren a los vulnerables y más explotados como instrumentos de intervención social o incluso, en un error estratégico, intentar suplir con las ONG a los sindicatos o dividir a la clase obrera en sindicatos «étnicos». Por último, existió coincidencia en que la autoorganización no contradice la utilización de los instrumentos ya existentes y en la necesidad de crear o potenciar las redes estatales e internacionales.

Por otra parte, los participantes de dicho Foro rechazaron los elementos normativos que están erosionando las posibilidades de tener un trabajo digno, desde las relaciones comerciales asimétricas a la desfiscalización en el plano internacional, desde la Directiva Bolkestein a aquellos marcos legales, como el de las migraciones en muchos lugares de Asia, que consideran al migrante, al trabajador doméstico, como una mercancía o casi un esclavo.

Como marco de un proceso de globalización más justo, se impone la necesidad de avanzar hacia un nuevo Contrato Social Mundial que garantice la universalización del trabajo digno, basado en el respeto al trabajo humano y a todos los valores inherentes a él: la libertad, la solidaridad, la democracia, la educación, la paz o la justicia social.

Todos estos aspectos están recogidos en la Segunda Declaración de Rivas, desde el impulso a la ratificación de la Convención Internacional sobre los Derechos Humanos de los Trabajadores Migrantes y sus Familias al apoyo a la firma en los acuerdos bilaterales laborales de los convenios 97 y 143 de la OIT. Por último, la Asamblea de los Movimientos Sociales hizo suya la defensa del trabajo digno para una vida digna: «Afirmamos la necesidad de defender, reivindicar, extender, frente al trabajo forzado, esclavo y precario, el trabajo digno para una vida digna, que integre libertad, igualdad de trato y contraprestaciones negociadas adecuadas para todas las personas trabajadoras».

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