La contrarreforma laboral es el iceberg hacia el desastre

Santiago González Vallejo

Economista. Ligado a diferentes asociaciones y plataformas. Cofundador del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe. Ha trabajado en USO en acción sindical y en la Secretaría de Acción Internacional y Desarrollo Sostenible. Cree que un problema democrático es la falta de redistribución económica.

28 octubre 2012

La contrarreforma laboral, implantada ya en nuestro país, consigue de una tacada la plasmación legal del programa máximo de los intereses de una patronal cortoplacista y sin aspiración de modificar unos patrones de producción. Hay dos vectores que dibujan esta política del Gobierno del PP, tras el bombardeo de inocular la doctrina del shock, con […]

La contrarreforma laboral, implantada ya en nuestro país, consigue de una tacada la plasmación legal del programa máximo de los intereses de una patronal cortoplacista y sin aspiración de modificar unos patrones de producción.

Hay dos vectores que dibujan esta política del Gobierno del PP, tras el bombardeo de inocular la doctrina del shock, con la crisis financiera. Coinciden ambos en disminuir el peso de los salarios en la renta nacional.

Uno, disminuye el coste empresarial del despido, transformando a casi todos ellos en ‘procedentes’, rebajando su indemnización, con lo que eso supone de amedrentamiento a los trabajadores en su relación contractual; el otro, consiste en romper la negociación colectiva, primando la capacidad empresarial de forma unilateral en la organización interna del trabajo.

Esta reforma laboral, que lamina el actual derecho laboral, incrementará la pérdida de los salarios en el PIB, superior a la que ha ocurrido en estos últimos años. Además, se están reduciendo las prestaciones sociales y las pensiones. Por lo que se determina una austeridad permanente, con una peor distribución de la renta y un aumento de la pobreza y la desigualdad.

¿Cuál es la coartada? Uno de los orígenes de la crisis es, en nuestra opinión, la nefasta construcción del euro. Una moneda para varios países debería haber estado ligada a una fiscalidad y presupuesto digno común.

Si hay libertad de movimiento de capitales y una fiscalidad en cada Estado, ineludiblemente va a haber una guerra a la baja en la imposición directa. Y esto ha sido bendecido por el Tratado de Lisboa que remarca que la política fiscal es de competencia estatal

Si a esto le unimos la existencia de aparatos productivos, gerenciales e innovadores desiguales, será cuestión de tiempo que los ajustes y el reequilibrio de las balanzas comerciales se pretendan lograrlo bajando los precios de los productos finales y los costes intermedios y, en nuestro caso, se pretenda la devaluación salarial. Si se generaliza esta respuesta ‘competitiva’ en un área económica, conllevará una depresión en la misma. Y si encima un líder como Alemania es el que comienza la carrera, peor. Allí, hay trabajadores pobres. 8.18 millones de contratos precarios, temporales, a tiempo parcial, minijobs,… Su exceso de superávit comercial o el aumento del PIB no se ha trasladado a sus trabajadores, que también han visto reducir su participación en la Renta Nacional. Y fue en la Alemania, socialdemócrata, donde se comenzó el aumento de la edad de jubilación.

España es un país donde tradicionalmente ha habido déficit comercial, falta de ahorro interno y una fiscalidad progresiva pobre. En plena fase de vacas gordas el déficit comercial en términos relativos era de los mayores del mundo o el mayor, el 10 por ciento del PIB. Ahora, en plena fase de recesión y caída de la demanda, el déficit sólo (¡) ha caído hasta el 4 %. Encima, nadábamos en una burbuja especulativa improductiva, se descuidó el propiciar otro tejido productivo, con aquiescencia de autoridades políticas y rectores del sector financiero, con una política desfiscalizadora, por lo que la situación relativa es peor.

Los rectores europeos mancomunadamente han decidido aplastar a sus ciudadanos, ya sea en sus salarios directos, en su salario social (prestaciones públicas) o devengos (pensiones y otras prestaciones), porque consideran que el único camino que tienen, con las premisas globalizadoras e ideológicas dadas, es ser competitivos ante el mundo (pero manteniendo o incrementando los bonus de una élite financiera y aristocrática gerencial) disminuyendo los costes laborales e impositivos del estado de bienestar. También con trasvases de rentas gigantescos como los que se realizan en el diferencial de tipos de interés de los créditos que concede el Banco Central Europeo al sector financiero (y a sus accionistas y gestores) para que éste preste a los Estados y a sus súbditos, para cubrir los déficits públicos ocasionados por la crisis financiera y presupuestaria que ellos crearon.

Por lo tanto, hay que dibujar las alternativas que sean coherentes con estos problemas. Hay que contestar organizadamente, y ahí la necesidad de aumentar la afiliación (o su demonización) a los sindicatos para enfrentarse a esta reforma laboral injusta. Rechazar el modelo que se nos ofrece por parte de la Comisión y Consejo Europeo que conduce a la deflación competitiva y por el contrario hay que revisar los fundamentos de la construcción europea. Defender una globalización más controlada, tasando el libre movimiento de capitales, eliminando los paraísos fiscales, logrando una fiscalidad progresiva y más universal. Lograr un Presupuesto europeo suficiente. Relativizar la categoría del precio como único factor de intercambio para incluir otros factores que conjuguen desarrollo y bienestar compartido. Y, al mismo tiempo, para mayor complejidad, es necesario reformular un modelo productivo y empresarial.

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