USO, un proyecto vivo, vigente y resuelto a pelear

Santiago González Vallejo

Economista. Ligado a diferentes asociaciones y plataformas. Cofundador del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe. Ha trabajado en USO en acción sindical y en la Secretaría de Acción Internacional y Desarrollo Sostenible. Cree que un problema democrático es la falta de redistribución económica.

28 febrero 2012

En plena crisis, económica y de valores, se cumplen los cincuenta años de la publicación de la Carta Fundacional de USO, una organización sindical nacida en la lucha por la libertad, la democracia, realizada por trabajadores y trabajadoras que soñaban humildemente cómo mejorar sus vidas, éticamente, con ideales, al servicio de la clase trabajadora de la que formaban parte y a través de la cual entendían el ejercitar y ser sujetos de transformación social. Una organización autónoma, que reivindica que la dirección y estrategia de emancipación de la clase obrera debe ser dirigida por ella misma, no supeditada a ninguna otra organización, vanguardia de dentro o de fuera de nuestro país. Esto, que puede parecer poco novedoso o estimulante con los ojos de hoy, era, y es, como diremos más adelante, rompedor y con capacidad de aunar voluntades de personas de orígenes y creencias dispares.

La conquista de las libertades y la democracia ha sido cosa de mucha gente. Muchas más que las decenas a las que se quiere reducir la marea humana que con energía incontenible desbordaba los cauces de una transición que se quería lampedusiana. Miles, millones de personas anónimas y casi olvidadas por los reescribidores de la historia, como el impulsor de USO, Eugenio Royo, que antepusieron la dignidad y los principios a los beneficios personales. Que combatieron privilegios y extracciones de plusvalías amparados por el aparato de poder. A quienes eso les ocasionó sacrificios vitales sin cuento. No suficientemente valorados ante el trueque de valores que se quieren universalizar y promover en la sociedad, del éxito individual (valorado en dinero o riqueza), aunque sea a costa de otros, sobre el logro de que no haya personas abandonadas, de que toda la sociedad reclame ser ciudadanía.

En estos cincuenta años han pasado muchas cosas. Ha habido cambios en muchas esferas sociales. Si bien hay un desarrollo económico y una mejora de la renta per cápita, también es cierto que se ha llegado al nivel más alto de desigualdad y falta de movilidad social, perpetuándose una sociedad de ricos y pobres. A una crisis económica con una cifra de parados, absoluta y relativamente, más grave. Con una victoria del pensamiento neoliberal, jaleado por unos medios de comunicación refractarios a cualquier respuesta solidaria.

Las organizaciones se han transformado y han respondido como han sabido a los retos que han recibido y a los cambios que ayudaron a forjar.

USO ha tenido muchas crisis, de dentro, de sus propios componentes. Que ejerciendo su concepción ideológica han creído que lo más adecuado para avanzar (a corto plazo, nos atrevemos a decir) era fortalecer tal o cual opción sindical o partidaria antes que la construcción de una gran central sindical pluralista y autónoma.

Ahora nos encontramos con un gran número de trabajadores no afiliados a ninguna central sindical. Un bisindicalismo, con los pies de barro fortalecido por leyes ad hoc. Muchos sindicatos pero con limitado poder contractual y un relativo desprestigio, amplificado por algunos medios de propaganda neoliberal que, recogiendo casos y conductas no asumibles, los extienden al conjunto sindical, sin diferenciar entre unos y a otros. Y, sobre todo, una crisis que no hay visos de que se corrija ante errores de planteamiento económico, con un euro que no responde a una Europa federal y solidaria, un capitalismo financiero alejado de las necesidades de producción y consumo para el conjunto de la población mundial y que no asume los cambios productivos necesarios ante las consecuencias del cambio climático y el ciclo de la energía basada en las materias fósiles.

De ahí que creamos que sigue siendo necesario que los trabajadores y trabajadoras estén organizados. Uniendo sus fuerzas y conciencias, sindicalizados, asumiendo que hay valores que los identifican, con el trabajo como instrumento de transformación social. Regenerando el sindicalismo. Pero, imbricadamente, con internacionalismo, porque todos somos iguales y todos tenemos derecho a ser ciudadanía. No sólo es una cuestión de ayuda del 0,7% del PIB –que también, de momento–, es una concepción que debe impelirnos a no aceptar como normal la injusticia, la falta de democracia, los paraísos fiscales, el hambre, la guerra, la ocupación. Pensamos que la Confederación Sindical Internacional, que hemos contribuido a crear, puede ser una palanca de contrapoder de los trabajadores, con conciencia de los retos que la Humanidad tiene que afrontar.

Pero hay que empezar por casa. El movimiento de los «indignados», del que gentes de USO, como de otras organizaciones, forman parte, es un grito de rebeldía frente al statu quo y la inercia de una sociedad ensimismada, alienada y resignada a que haya ganadores y perdedores en un establecido darwinismo social. Harían muy mal los ganadores y perdedores de las elecciones parlamentarias, sean cuales sean, en entender que el movimiento es pasajero y responde sólo a una parte conflictiva de la sociedad.

Y volvemos al principio: las organizaciones responden a unas personas, a modos de hacer y a unos fines que harán que prendan en otras personas. Creemos que la búsqueda de justicia social, que poner como centro de la medida las necesidades humanas y el trabajo, por encima de las diferentes concepciones partidarias, siguen vigentes, que no puede haber mayor asunción de responsabilidad que uno mismo, sin dejar, ni ceder representación no discutida, y que sigue siendo estimulante luchar por todo ello.

Santiago González Vallejo y Manuel Zaguirre

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